16 févr. 2004

Voluntad y minimalismo

Existe para Schopenhauer un mundo en el que la dicha y el sosiego no son sólo inalcanzables, sino ilusiones —falsas, engañosas, negativas— producto de la insatisfacción humana. Ante semejante valle de lágrimas, preferible la no existencia.
El mundo, tal como lo conocemos, no existe. En general, nuestras propias vidas cobran sentido exclusivamente en relación con las de los demás. El sujeto y el objeto son tanto complementarios cuanto necesarios, obligatorios, uno del otro. Nada es si no hay algo que dé cuenta de ello. En definitiva, si muero, muere conmigo el mundo.
El mundo, al menos, que nos representamos. Sin embargo, la metafísica nos enseña que algo más debe haber por ahí. Este mundo, mi mundo, multiplicidad de mundos, debe tener algún tipo de sustento. Algo que no permita su extinción cada vez que una de sus manifestaciones perece. Los griegos presocráticos —y con ellos gran parte de la filosofía occidental— daban respuesta a esta incógnita con dos términos: fenómenos y noúmenos. Lo que vemos, y lo que es en sí. Schopenhauer, kantiano por excelencia y crítico por fuerza, encuentra que no hay una verdadera esencia de cada cosa (de cada árbol, de cada hombre, de cada virus), sino que todos participamos de una misma esencia. Y, por desgracia, de una esencia ciega y tozuda: una voluntad de vivir. Un querer más (vida).
En tanto que la esencia del hombre (la manifestación de la voluntad de vivir en su más alto grado) es el deseo —y la esencia del deseo es desear, nunca satisfacerse—, nos vemos envueltos por un dolor perpetuo. El deseo nace de una necesidad insatisfecha; la satisfacción del deseo no conduce sino al tedio y al vacío. Como a Fausto, hay que repetirnos constantemente: “resígnate, es preciso que te resignes”. Así es, ha sido y será el destino del hombre en tanto representación de esa maldita, necia y encajosa querencia de vida. De aquí su profundo egoísmo.
¿Qué hacer, pues, ante semejante panorama? Schopenhauer propone dos medios para la salvación: el ascetismo —negación absoluta de la voluntad de vivir (lo cual de ninguna manera incita al suicidio)—; redención absoluta por vía de la santidad. El otro, y que nos parece, por ahora, un poco más asequible, es el arte. A través de éste, la voluntad permanece temporalmente estática. La verdad artística no provoca ni placer ni dolor, ni felicidad ni sufrimiento. La música, «el más alto grado de perfección del arte», no representa nada —es la voluntad misma. Así, el destino del hombre se reconoce sorpresivamente en los gélidos temas minimalistas de Steve Reich: un eterno retorno de lo idéntico con apenas perceptibles variaciones. La vida del hombre como individuo es una mínima afectación en la esencia del mundo. Una nota que afina o desafina. Nacemos, amamos, morimos, de la misma manera en que se le da cuerda a un reloj y anda sin preguntarse por qué. Un volver-a-lo-mismo-pero-diferente.
La música —la buena música— no (se) piensa, no dice nada; jamás se rebaja al concepto (mucho menos al proselitismo político o religioso). Lo que hace la música es reflejar el conocimiento, o al menos la sospecha, de qué demonios es lo que estamos haciendo aquí. No le da sentido, se lo quita. Tampoco quiere cambiarlo. Nos muestra que no hay nada más que esto, aquí y ahora, como la nota que ocupa un tiempo y un espacio específicos, y que no podemos más que aferrarnos a ese instante, ese eterno presente —en espera de una nota siguiente, que dará continuidad a la melodía infinita.


Zacatecas, 2004.