1 avr. 2005

De la sabiduría del amor

(Para Daniela)

Procedo a continuación a modo de ensayo. —Antes que por mor a fanfarronear o demostrar determinadas aptitudes literarias, a fin de pensar lo que corriente y expansivamente llamamos «amor».
Es esta una letra en definitiva para un amor. Un amor empero «puro». —Primer elemento: puro, por cuanto que nunca ha sido presa de la apropiación. Un amor, digamos, «inocente». ¿Cómo explicar un amor, pues, que nunca ha siquiera sido —consumado? Parecería que la consunción —diremos «natural» del amor— radica precisamente en su consumación. Aquello que lo mantendría sería entonces, en un primer plano, su inalcanzable tendencia. ¿Pero qué es lo que subyace a este tender? ¿Es el amor en todas sus modalidades un no-alcanzar? Sí, en tanto que al lograrse una meta ésta desaparece, quedando allí un hueco —dando lugar, eventualmente, a otro tender. No, en tanto que es posible transformarlo sin con ello dar fin al tender «original».
Este amor nunca logrado está —en consecuencia, vivo. ¡Pero si nunca ha estado propiamente vivo —como lo estuvieron los ahora muertos! ¿Qué es lo que agota/mantiene entonces al sentimiento amoroso?
El sentimiento amoroso está bien nutrido por múltiples variables, acaso recíprocas: instinto (impreciso e irreflexivo indicio de perpetuación de la especie), atracción (participación de ideas, intereses, sentimientos), en fin, deseo en su forma más general. La falta de cualquiera de éstas puede conducir a su término; al mismo tiempo, la consciencia de su existencia —aún cuando ha tenido lugar en el pasado— su sustento.
De aquí se desprende una importante conclusión: la presencia parece no ser indispensable. Ni, en primer lugar, la física —es posible mantener el sentimiento a través del tiempo y la distancia—, ni la psicológica, con lo que se da al traste —y esto es lo que se viene viendo al menos en Europa durante al menos la última mitad del siglo XX y principios del XXI— con cualquier pretensión de absolutismo, indispensabilidad o, de hecho, necesidad. —Esto dará pie, al menos en su forma más chabacana y macarrónica, a una explicación, y en casos, justificación, de la «infidelidad». —No se entrará, por confesada falta de interés, en este tema.
Nos encontramos, al parecer, en una coyuntura con respecto al concepto de amor. A primera vista, la bien arraigada idea burguesa de la pareja, la familia, el «juramento», roza los lindes de todas las utopías que el siglo XX mostró, incluso, peligrosas. Asimismo, la falta de compromiso que se observa en las parejas «modernas» comienza a tener repercusiones —obsérvese simplemente el tardío desprendimiento del hogar parental o la alarmante mengua de nacimientos en Europa.
Diremos entonces que el amor es, antes que un sentimiento, un saber.[1] —De aquí su fuerza. El sentimiento, lo hemos visto, se debilita, cambia, se apaga. El saber amoroso no es, en cambio, sino la certeza de la posibilidad. Al saber amoroso no se le interpone la duda, sino —y esta es su parte trágica— la situación. Ante la situación no hay más que manos dobladas. El saber amoroso se mantiene por fuerza, y es esta candorosa fuerza la que lo aparta (o al menos, debería hacerlo) del egoísmo.

[1] Igualamos “creencia”, en cualquier forma, a la idea de “saber”, puesto que, además de su identidad psicológica, la gente se guía por aquellas sin reparo de su falsedad o certidumbre.

Barcelona, 2005.