3 juin 2005

Otra mirada a Rumble fish

The Motorcycle Boy es, según testimonio, «alguien que ha nacido del otro lado del río, de otro tiempo»[1]. Alguien que, pese a que puede «hacer lo que quiera», echa de menos algo que querer hacer. Allí va, el chico de la moto, salvando a su hermano menor, que no ve en él sino un ídolo al cual hacerle sombra. No hay empero para esta imagen color ni sonido —«como una transmisión en blanco y negro y con el sonido muy bajo». Vemos por un momento el mundo a través de sus ojos: enteramente, una gama de grises, salvo los singulares personajes que dan nombre al filme; éstos sí, coloreados brillantemente: los peces de pelea. Rumble fish: aquellos peces Beta, tan elegantes y delicados como una bailarina de ballet, que no obstante se baten entre ellos hasta la muerte.
El chico de la moto representa para la preciada comunidad de los suburbios norteamericanos, es casi evidente, al loco: vox populi que sin embargo él asume: «hasta las sociedades más primitivas poseen un respeto innato por el insano», afirma con parsimonia. Asimismo: alguien con una mirada precisa (accurate): alguien que ve de cierta manera el mundo; alguien, lo sabemos desde Platón, peligroso. Logos debe prevalecer a toda costa: habremos de exiliar a los poetas, asesinar a los ladrones. Es verdad, nadie duda que el chico de la moto represente también una suerte de profeta. Extraño profeta, en todo caso, que prefiere abdicar.
¿Por qué son estos peces los únicos con color? O, cuando menos: ¿por qué representan el único matiz para el chico de la motocicleta? —Éste le explica a su hermano la naturaleza de los rumble fish: luchan entre ellos hasta la muerte porque ocupan un mismo espacio en un mismo tiempo; si estuvieran en el río, otra naturaleza reinaría. Se baten, incluso, consigo mismos, contra su propio reflejo en el espejo. Estupenda representación de la existencia en general —de la que el ser humano no es sino la más egoísta e ingenua manifestación.
Algo está indudablemente mal: es evidente que para aquél que puede hacer lo que quiere —¿satisfacer su (propio) deseo?—, el mundo deviene rápidamente tedio. Para aquél que desea algo que de antemano sabe que no conseguirá jamás —es el caso del hermano menor que adora al mayor, en el sentido pérfido, y que intentará ser como él a como dé lugar, sin jamás lograrlo—, hay una tendencia: se vive el deseo como inalcanzable. Para aquél que ha comprendido la esencia —diremos, como se dice en México, «para quien se ha dado color», no hay objeto de deseo, sino deseo puro: un tender hacia cualquier sitio, o hacia ninguno. Tender, a fin de cuentas, que no tiende. Ante la perspectiva de la eterna guerra sin cuartel, es propio al mundo perder cualquier género de matiz.
La reclusión en sí mismo resulta casi natural, e intentar liberar a aquellos peces resulta un acto más estúpido que simbólico. Se ha visto a lo largo del pensamiento una clara línea que busca ofuscar esa condenada esencia; desde el hinduismo hasta el esoterismo contemporáneo, bañado al menos por algunos chispazos budistas. Es el caso también de la filosofía de Schopenhauer, que no ve en el mundo otra cosa que la cantaleta de la repetición. ¿Se puede pensar otramente? ¿Vivimos en la absoluta ceguera de la serpiente que se devora a sí misma? —Estamos atrapados en la monotonía —a menos que abramos sitio al pensamiento de la diferencia; se diría, no tanto a la polifonía, pues no hay mucho de dónde elegir, cuanto al minimalismo. No diferencia de esto, pues somos esclavos también, lo sabemos merced a cierta filosofía, de nuestros ojos; sino dentro de esto. No se trata, pues, de de negar la esencia, sino de diversificarla. El deseo seguirá reinando, y es al hombre descubrir, como Zaratustra ha mostrado, dejarle sitio no a la cantaleta, sino, precisamente, a lo singular: al canto.


[1] Francis Ford Coppola, 1984.

Barcelona, 2005.