19 janv. 2007

La democracia y la media: el caso Google

Recientemente, Barbara Cassin publicó un libro (Google-moi. La deuxième mission d’Amérique, Albin Michel, 2006) sobre la empresa Google y sus “beneficios” (tipo Wickipedia), ante todo sobre ese disfraz muy americano de bondad y democracia: los eslóganes de Google son “no seáis malvados” a la par de “queremos organizar toda la información del mundo”. Decir esto es sin lugar a dudas no sólo malvado —querer tener “toda la información del mundo” es algo tan absolutamente impensable como inútil—, sino arrogante y peligroso. Y Cassin tiene toda la razón de poner en relieve la crítica que debe hacerse a los empresarios americanos de Google, antes que nada para desenmascarar esa voluntad mesiánica de la que pecan de ayudar y salvar al resto de la humanidad —¿de qué?, de los miedos que ellos sienten en nuestro lugar, es decir, paradójicamente, de ellos mismos.
Pero la verdadera preocupación de Cassin no es (sólo) que dicha “información” sea publicada por ignorantes —y sin duda consultada por los mismos—, sino que se le llame a ello democracia. Porque, dice, eso que se manifiesta allí no son verdaderas personas, sino “idiotas”, en el sentido corriente —¿quiénes son en fin de cuentas los que escriben los artículos de la enciclopedia más grande del mundo (Wickipedia)? ¿Sabemos algo de sus conocimientos? ¿No son, o al menos podrían ser, “cualquier idiota” (¡yo mismo lo he hecho!)?—, pero también en el sentido (griego) original, es decir seres “simples”, y con ello “singulares”, —de lo cual no se hace una “verdadera democracia”. Juntar “individuos singulares” —esto es un pleonasmo— no hace ciertamente una “comunidad”, sino un injerto grotesco como el que vemos en la red. Imposible pensar entonces en esas “comunidades virtuales” en las que se escoge un personaje, un vicario, que se “interrelaciona” con otros personajes ficticios. Naturalmente. Pero entonces debemos preguntarnos de qué puede bien estar constituida la “verdadera” comunidad, sustento de la “verdadera” democracia, ¿de individuos colectivos? Quizás Heidegger diría: de mitSein… ¿Y si en realidad fuéramos, en efecto, seres completamente idiotas, —singulares, “únicos” en el sentido stirneriano? Entonces podríamos decir que, precisamente, la democracia es una idio(cra)cia —una idiotez, menos en el sentido griego que en el corriente. Cassin no se queja de que la democracia esté constituida por idiotas, ¡sino de que no estén todos ellos invitados a participar en ella! El problema es, casi (confieso que caricaturizo), que son los empresarios americanos los que fundan esta nueva “imprenta” de saber, ¡sin consultarnos a todos los demás!
No pongo en duda ni un momento que Cassin está segura que este medio de “información” —Google en particular, que no Internet— sea incapaz de transmitir un saber digno de su nombre, no “por accidente y por su situación actual, sino esencialmente y para siempre”, para retomar las palabras de Schopenhauer sobre la incapacidad de las ciencias de acercarse a “la verdad”. Pero sí me queda claro que sigue —y seguirá siendo— muy difícil aceptar—¡sobre todo en Francia!— que el concepto de comunidad está más cerca del de rebaño que del de una verdadera “asociación” en la que cada individuo se alía a otros individuos por un momento y con ciertos intereses (nada más mojigato e insensato que el “desinterés”). Lo demás son idioteces. Al César lo que es del César, al pueblo lo que es del (por y para el) pueblo. Valga entonces que otro idiota como yo publique esto, precisa y deliberadamente, en un blog.


París, 2007.

8 janv. 2007

El novelista de la vida moderna

En un pequeño artículo publicado en Las nubes, Enrique Lynch se preguntaba por qué no existía un “nuevo Baudelaire que oficie como cronista genuino de esta nueva forma de tristeza”. Y sin embargo, nos parece, existe. Se llama Michel Houellebecq. Ya nos habíamos hace tiempo ocupado en hacer una referencia (MH o los confines de la voluntad). Se trata de una especie de novelista-nihilista bastante schopenhaueriano que encuentra en la «era informacional», como la ha llamado acertadamente Manuel Castells, el culmen de la desgracia del ser humano. Sus personajes son los típicos antihéroes de la Francia actual: el desempleado, el empleado, el retirado (en donde ser cualquiera de estos parece ser aún más patético que en cualquier otra parte del mundo); todos ellos adornados por un cariz bastante deslucido por cuanto a su desafortunada vida sexual. No ha escrito Las flores del mal, ni Del inconveniente de haber nacido como Cioran, pero sí Ampliación del campo de batalla, por ejemplo, en donde el protagonista, un spleen del siglo XXI, exclama (cito de memoria): “Estaba perfectamente adaptado al mundo de la información y la vida moderna, es decir, a nada”; y en todo caso, es francés, uno de los principales requisitos para ser todo un décadent, en el estricto sentido que se conoce.
¿De qué se tratará al final — de dejar testimonio del déclin d’Occident; de mostrar que, de todos modos, “desde el principio, todo estaba foutu” (Plataforma, creo)? ¿El mismo Baudelaire, puede tener un “buen uso”, o nos hundía más bien en la terrible melancolía del callejón sin salida? En todo caso, es verdad que hemos rebasado los límites de lo obsceno para sencillamente desembocar en el disgusto.


París, 2007.