24 avr. 2007

Budapest, reino del artificio.

Budapest es el reino del artificio. Como cualquier otra sociedad, la húngara hubo de ingeniárselas para crear una cultura, —mitos, leyendas, héroes: Historia.
Los húngaros llegaron desde el este quitando la vida a todo cuanto se interpusiera. No hay otro testimonio de ello que las aterradoras relaciones de los últimos supervivientes de los antiguos pobladores del valle del Danubio: «Están aquí; han asesinado a todos, no sé si viviré esta noche.» El valle fue, a partir de entonces, testigo de un sinfín de apropiaciones, batallas, masacres. Los hunos, los austriacos, los turcos. Attila dirigía un ejército montado que disparaba flechas en el momento en que se presumía la retirada. El imperio austro-húngaro tenía su sede en Budapest, pero el idioma oficial era el alemán, luego el latín. Según Musil, podemos llamarle Cacania. La sinagoga del ghetto central es la mayor de Europa.
La mitología es, en consecuencia, cuando menos, fuera de lo común. Si no se observan fuentes que representan escenas de caza con perros y ocas, no hay sino «libertadores» o «revolucionarios», sin embargo nunca queda del todo claro de quién o qué se liberaban, o qué era lo que revolucionaban. Todos los húngaros son supuestos hijos de una mujer que copuló con un pájaro mitológico que vigila la ciudad desde lo alto de un castillo. El padre Garrelt fue embutido en un barril sellado y hecho rodar por la colina que hoy lleva su nombre al intentar evangelizar a los bárbaros. Otro líder disidente fue sentado en un trono ardiente sosteniendo una lanza al rojo vivo.
La lengua es una de sus maravillas. Existen, se dice, alrededor de diez palabras «originales»; —el resto es el producto del sudor de un grupo de poetas a los que se les encomendó inventar una «lengua oficial» —¡apenas!— en 1867, a falta de una identidad húngara. Los nombres de la gente —Ligeti, Dalos, etc.— son metamorfosis a antiguos apellidos que traslucían el horripilante origen judío. Los húngaros han pasado del barbarismo mortuorio al imperialismo, —del nazismo al comunismo. A fin de convertirse en primera instancia en una «verdadera capital», el rey Stephani decidió convertir a su pueblo al catolicismo. Todos son húngaros en Hungría, y sin embargo, sólo un par de cientos poseen la «cara húngara»: caminar hoy por las calles de Budapest siendo característicamente foráneo, quizás un poco gitano, devuelve más de una mirada de desprecio y alguna impregnada de asombro. Del «antiguo régimen» aún quedan resquicios de los que se puede uno divertir particularmente cuando se pretende encontrar al cuidador de las únicas dos llaves que protegen los 500 vestidores de los baños Szécheheny.
Los intelectuales de izquierda son en su mayoría judíos y se reúnen en antiguas bases de lanzamiento de cohetes —otra secuela de la parentela soviética— para reír con puestas en escena que ironizan sobre intelectuales de izquierda, en su mayoría judíos. No pocas veces suelen sobrevenderse las entradas, de modo que hay que correr a empujones para presenciar la primera de las tres representaciones «al hilo» que deben llevarse a cabo para que «todos tengan la oportunidad de hacerlo». Estos mismos espectadores, muy peinados y emperifollados, recomiendan quitar del medio, ante todo, a mujeres y niños: —This is Hungary, monsieur: décadence!
La ciudad no debe sorprender menos en este sentido. Una mezcla de Lyon, Praga, Transilvania (hay incluso una réplica de un castillo en la que pueden escucharse conciertos que combinan composiciones de Lizst y de Piazzola) y Estambul. Mercados, artesanías y platillos asombrosamente próximos a los del centro de México. —Sobre todo, deben evitarse los profiteroles.
Y en medio de todo ello, circulando por la ciudad, es relativamente fácil observar caminar a los más bellos cuerpos femeninos de Europa. Estos, por sí mismos, también obra y creación: no se ha visto nunca antes mujeres con tan arraigada afición al deporte. Al medio día, las piernas al aire se balancean remando a orillas del Danubio. Niñas, adolescentes, chicas, mujeres maduras, todas, se diría, son obra de Milo.
Budapest es, como todas las culturas, producto del artificio —pero aquí ello no provoca pudor.

Barcelona, julio, 2005.