15 mai 2007

Devenir-viande

Mi «querido, muy querido, admirable y encantador amigo» Emilio Rivaud asistió, como él mismo lo narra en su artículo Devenir-chair, a la «performance» que consistió en desnudar a 18 mil «individuos» en el centro de la Ciudad de México hace algunas semanas. Antes de que publicara su relato en su blog personal tuvimos una rica discusión al respecto en la que me contaba su experiencia. Yo le preguntaba, por ejemplo, si no se había sentido en una especie de «fosa común, pero con vivos», a lo que él me respondía que no, pero sobre todo, si no sentía que al interior de semejante masa toda individualidad, y en este caso, la más íntima, el cuerpo desnudo, se perdía por completo. «Como volverse un trozo de carne», le decía. De aquí la pequeña rectificación que me gustaría añadir a su relato: lo que ocurre en la performance de Tunick no es el evento de devenir-chair, sino el de devenir-viande (los términos se los debemos a Deleuze): ya somos piel y carne (chair) — un individuo único e irremplazable —, lo que uno se vuelve en semejante foule de cuerpos desnudos, en donde «observar un par de senos es como observar un sombrero», es carne comestible (viande); cuerpos que pueden cortarse y mutilarse como se cortan los lomos de las vacas para hacer faux-filets o entre-côtes. Cuerpos sin nombre, sin voz, sin sexo. De aquí también, me parece, la idea que me venía a la mente sobre la fosa común: ¿no se trataba para el nazismo de hacer de los cuerpos sexuados e individuados de los judíos «pedazos de carne» que podían, entonces sí, mutilarse, apilarse, quemarse? Porque como bien dice Rivaud, «en la masa, la libido decrece… Los cuerpos… no carecen de belleza, pero la mirada hacia ellos cambia y se vuelve, por así decirlo, más plástica». Lo que ocurre cuando el individuo desparece es que deviene manipulable, luego manuable — nadie piensa más allí, nadie siente, nadie desea. Nadie dirá No. Quizás por eso, cuando se le ordena a la masa marchar hacia la avenida 20 de noviembre, «nadie se empuja, nadie corre, apenas hay rozones»… ¿Es esto la «civilización»? Casi podemos pensar en los miles de judíos que suben dócilmente a los trenes que los llevarán (aunque no lo saben aún) a los campos de exterminio. In extremis, la «masa» ya está muerta. La belleza se vuelve, en efecto, plástica, pero en el sentido de imagen; como un recuerdo de lo que en algún momento fue la belleza del cuerpo, del seno, de la piel. De los «humores» y de los olores, del gusto. ¿Hay «masa» para otro órgano que el ojo…?
Obviamente, no hay transgresión alguna, se trata precisamente de lo contrario, de reglamentar la desnudez, y ello desemboca, como toda reglamentación, en la abolición de la singularidad. También en una cierta moralidad. Nada más que desear si ya se tiene todo — por eso la pornografía es, como dice Baudrillard, hyper-real y no es capaz de «seducir»: mostrar todo — y en la pornografía, a escala microscópica: poros, pelos, gotas — neutraliza al deseo, lo congela.
A saber en qué piensa Spencer Tunick cuando lleva a cabo sus «obras». Quizás no se trate más que de batir un récord, como también decía Rivaud, una «obra-Guiness», o bien, esperemos que sea así, de abrir el espacio del arte al individuo — «¿quién soy yo en medio de todo esto?» Como siempre en el «arte contemporáneo», habrá que esperar la nota explicativa — casi siempre decepcionante — del autor para saber, «¿de qué se trata bien a bien…?»

París, 15 de mayo, 2007